sábado, 29 de diciembre de 2012

LOS TSUNAMIS Y DIOS




En los últimos años, dos tsunamis mataron a más de   330.000 personas y arruinaron la vida de millones de otras. ¿Dónde estaba Dios, en ese momento?... ¿El Dios Amor, dónde estaba?

Es cierto que todos los días abundan los milagros: el  milagro del sol, del viento, de la luz, de la música, de los niños que ríen, del universo que revela secretos cada vez más asombrosos. Cada sueño que se realiza también es un milagro. El agua que corre es un milagro, y también las estrellas que nacen, las flores que se sonríen, los corazones que se abrazan, los cuerpos que se entrelazan, el pan que sabe a cielo, los yuyos que se balancean en la brisa... Todos los días se da el inmenso milagro de la vida, y nunca se oye en el noticiero: “Ya ven. Es evidente: ¡Dios está aquí!"...

Y no. Pues el mundo está también lleno de niños que se mueren de hambre y…  de otros horrores.  ¿Qué hace Dios para detener eso?... Ya ven, Dios no puede existir, y si existe, no es bueno ni todopoderoso. Y si no es bueno ni todopoderoso, no es Dios. 

Un Dios que no usa un antivirus para acabar con todos los bichos que atacan el planeta, no es Dios.  Un verdadero Dios debería poder detectar los huracanes y los tsunamis con sus radares y disponer de un sistema de tipo antimisil para hacerlos añicos antes de que exploten en la cara de la pobre gente.  Pero Dios, parece, no es así. Aún cuando el mundo se derrumbe, no mueve un dedo.  ¿Entonces, para qué sirve tener un Dios...? Ésta es la gran pregunta. 

Hasta hoy se sigue hablando de un cierto Jesús que apareció, 2000 años atrás, en un pequeño país perdido del Mediterráneo.  Gente no del todo loca nos machaca desde hace siglos, y bajo todos los tonos, que ese hombre era Dios.  No tenía nada de un Tarzán o de un Einstein.  No sabía nada de los quarks ni había visto en toda su vida un cepillo de dientes.  Nunca había peleado en una guerra, y no era cura. 

Se dice solamente que había nacido en un establo, que se ganó la vida trabajando la madera, y que murió en una cruz. Dicen que era bueno, abierto, muy libre en todo.

Le tenía mucho cariño a su pueblo, a sus tradiciones, a sus creencias, a sus sueños de paz y de gloria, pero no estaba apegado a nada de eso.

No se conformaba con lo establecido, ni siquiera con lo que se estimaba haber sido grabado en la roca por el mismo Dios.

Decía y hacía cosas asombrosas.  No obstante, lo que más  asombraba no era que devolvía la vista a los ciegos, sino que se empeñaba en querer abrir los ojos a la gente cerrada para que viera las evidencias que se negaba a ver.  No era que hacía hablar a los mudos, sino que osaba decir cosas nuevas sobre Dios, sobre la religión, la moral, los gobernantes, la economía, los ricos, los pobres, las mujeres, los marginales, los delincuentes, los expertos en Biblia, en una palabra, un poco sobre todo, sin repetir como un loro lo que se enseñaba desde siempre en los círculos más respetados.  Lo más asombroso no era que abría los oídos a los sordos, sino que hablaba sin pelos en la lengua para ser oído incluso por las piedras.  No era que curaba a los leprosos, sino que los amaba, y  salía a la defensa de las prostitutas, comía con gente medio traicionera, se rozaba con delincuentes e impuros. 

La Ley santa de su pueblo era el corazón de su vida, y sin embargo, cuando veía que la gente sencilla no podía soportar su peso, no vacilaba en relativizarla (crimen sin nombre para los poseedores de una verdad petrificada).

No estaba en contra de la riqueza, sólo quería que todos tuvieran parte en ella. Pero como toda la riqueza que sus ojos veían había sido acumulada a costillas del pueblo, sólo sentía un enorme asco por ella.  

Él tenía el mayor respeto por el Templo, que era el majestuoso símbolo de la unidad de su nación, pero desde que una casta de hombres religiosos lo monopolizaba para asentar su poder y promover sus intereses, no podía sino presentir que ese gran monumento no tardaría en perder su aureola, ser abandonado y terminar hecho una pila de escombros.

En una sociedad donde las mujeres no eran más que un apéndice de los varones, condenadas a pasar la vida a la sombra, Jesús no temió integrar a varias de ellas a su grupo de discípulos y mostrarse con ellas por todas partes a la luz del sol.

Grupos, exasperados por la larga ocupación de su tierra por ejércitos extranjeros, buscaban un líder que se los sacara de encima; creyendo haberlo encontrado en Jesús, lo presionaron para hacerlo rey. Pero Jesús, convencido de que un mundo de justicia y libertad no se edifica sobre el fanatismo y el odio y que de las matanzas no puede brotar la vida, rechazó la oferta y pasó por un apátrida.  

Jesús tuvo sus momentos de éxito, sus horas de popularidad También sufrió derrotas.  En las horas más bravas, fue abandonado por todos. Fue detenido, torturado, cruelmente asesinado. Murió... perdonando.  Cosa extraña, fue en ese momento de desamparo absoluto, cuando estaba muriéndose en la soledad más total, que un pagano armado hasta los dientes exclamó al pie de la cruz: "¡Verdaderamente ése era hijo de Dios!"

¿Era Dios? ... Si admitimos que Jesús era Dios, debemos deducir que, a  través de Jesús, Dios nos muestra cómo Él actúa con los humanos sobre la tierra de los huracanes y de los tsunamis. La primera cosa que salta a la vista es que no adopta el método del Creador Todopoderoso. No hace despliegue de poder.  Actúa, pero no busca impresionar, porque  lo que impresiona corre el riesgo de enceguecer, de enajenar, de impedir que los humanos sean lo que son o han de ser, es decir, seres capaces de libertad, capaces de pensar, de discernir, de elegir, de hacer millones de cosas por sí mismos, capaces de crear, capaces de inventar, capaces de caminar con sus propias piernas, capaces de hacerse responsables de su destino, capaces de amar. 

Es precisamente propio de los ídolos impedir que los humanos asuman su vida, y es por eso que Dios no actúa así. No es un ídolo. Dios es Dios, y también es profundamente... humano. Tiene la noble debilidad de creer que nosotros, los humanos, a pesar de todas nuestras locuras, somos capaces de mucha  inteligencia y sabiduría.

Al principio de su carrera, Jesús, se retiró al desierto para reflexionar sobre su porvenir.  En su reflexión se le planteó tres posibilidades: dominar el mundo y sus riquezas a la manera de los grandes conquistadores; subyugar las mentes por medio del esoterismo y la magia; controlar las masas mediante propaganda, publicidad, pompas, ceremonias y grandes espectáculos.  Jesús tuvo que elegir entre mistificar y embobar a la humanidad a la manera de los ídolos o tomar humildemente el camino de los humanos.  Optó por el camino de los humanos. 

¿Que Dios no toma la defensa de los inocentes?  Jesús lo hizo, y por esa precisa razón lo mataron.

Cada día, la indiferencia para con las poblaciones más inocentes y  vulnerables de la tierra hace más víctimas que miles de tsunamis. Si no, haría tiempo que habríamos inventado lo necesario para proteger a esas poblaciones de las furias del mar y de muchas otras calamidades.

Dentro de algunos años, millones de personas perderán todo porque las aguas de los océanos habrán subido 50 centímetros, en gran parte por culpa de los autos, de las fábricas y un montón de actividades destructoras del hombre. Tenemos en nuestras manos la capacidad de cambiar eso. Felizmente, muchas personas y organizaciones están luchando para lograr ese cambio, pero, comparadas a la máquina que hay que afrontar, apenas si tienen el peso de una hormiga. Entonces, un buen día, la catástrofe vendrá. Y, como de costumbre, otra vez se oirá decir: “Ésta es una nueva prueba de que Dios no existe, y si existe, es muy malo."
  
Bienaventurados, por lo tanto, ustedes que no se dejan atrapar por la rueda infernal del consumismo idiota, de la producción desenfrenada y de la competencia salvaje que impulsa a consumir en forma cada vez  más suicida. 

Bienaventurados ustedes que sienten en su ser profundo alguna ternura por los pájaros, los yuyos, las estrellas, y…también por los humanos,  porque saben  que todos hemos sido amasados con el mismo barro y formamos  parte de un mismo árbol; el reino de la vida es suyo. 

Bienaventurados ustedes que, teniendo hambre y sed de justicia, sueñan con un mundo sin amos ni esclavos y luchan para que así sea.
ELOY ROY


Traducido del francés por Susana Merino


lunes, 2 de enero de 2012

JEREMÍAS Y DIOS




Jeremías está orando en el templo cuando una Voz lo baja de las nubes y le pregunta:
- ¿Qué ves, Jeremías?
Jeremías responde:
- Veo un templo con paredes de adobe muy gruesas; su suelo es de piedra y su techo de brezo.
La Voz sigue:
- ¿Te sientes bien en ese templo, Jeremías?
- ¡Oh sí, me siento feliz! Todo está muy cálido y tranquilo aquí. Estas paredes tan gruesas me dan una sensación de protección y de mucha paz; me siento como en mi cuna.
Dice la Voz:
- Ves, Jeremías, te sientes así porque este templo está hecho de tierra. La Tierra es tu verdadera casa, y es la casa de tu pueblo; es tu madre y es la madre del pueblo. La Tierra es la que les da protección y paz a todas y a todos; les brinda vida y los envuelve con su calor y ternura. En este templo estás dentro del cuerpo de Pachamama, hijo mío, y yo soy Pachamama.
- ¿Tú eres Pachamama?
- Sí, Jeremías, soy Pachamama y soy Roca, soy Manantial de aguas vivas, soy Sol, soy Luz, soy Cabalgador de las nubes; soy viento, Jeremías, soy la respiración del universo. Soy Pan para el camino y soy Vino para la fiesta. Soy Vid y soy Cordero.
Soy el Dios de los filósofos y de los sabios, el Dios de los místicos y el Dios de los miles de rostros de todas las religiones. Soy Poeta y Músico, Pintor, Arquitecto y Alfarero. Soy Matemáticas también y soy el Dios que no existe de los ateos, de los que no creen, de los que buscan, de los que dudan, de los que no pueden ver.
Soy el Dios que cada pueblo capta a su manera: para los pastores de ovejas soy el Pastor del pueblo; para los enfermos soy el gran Médico; para los pescadores del mar soy Pescador de hombres; para los oprimidos soy el Liberador; para los agobiados soy el Descanso; para los peregrinos soy Compañero de camino; para la mujer enamorada que busca desesperada el cuerpo del amado, soy el Jardinero que la llama con palabras de resurrección:
“Levántate, hermosa mía, y ven acá. Acaba de pasar el invierno y las lluvias se han ido. Han aparecido las flores en la tierra, ha llegado el tiempo de las canciones...” (Cantar de los cantares 2, 10-12).
Soy Padre, Jeremías, soy Hijo y soy Espíritu. Soy Alá, soy Yahveh, soy absolutamente Uno. Pero al mismo tiempo soy Tres.
También soy Madre que sabe conmoverse hasta lo infinito en sus entrañas.
Soy Fuego devorador, soy Amor, soy Esposo apasionado, celoso, tierno y compasivo, soy Vida, hijo mío. Soy Creador e Inventor, soy Liberador de las tiranías, soy Rey y soy Servidor, soy Sabiduría, Justicia, Libertad y Perdón; soy Ternura, Verdad y Fidelidad, soy Misericordia y Fortaleza. Yo soy Principio y Fin.
Dicen de mí que soy el Todopoderoso, el Altísimo y el Santísimo, lo cual es cierto, pero sobre todo me gusta ser el padre que pierde la cabeza de alegría por el hijo extraviado que vuelve a casa; o aquel señor que paga muy bien y por igual a sus trabajadores, hayan trabajado ocho horas o una hora apenas.
Pues sí, soy el Gran Relojero del universo, soy la Razón y el Sentido de todo; soy la Palabra y la Energía de las energías. Y sin embargo, soy tan otro y tan diferente de todo aquello que bien se puede decir que no soy absolutamente nada de eso. De hecho, soy todo aquello y a la vez soy Otro.
En una palabra, SOY EL QUE SOY Y EL QUE SERÉ. Mis nombres son infinitos y mi verdadero nombre nadie lo conoce.
Soy Humano, Jeremías. Soy el más pequeño y la más pequeña de entre las hijas e hijos de mi pueblo; soy el más pobre de entre todos vosotros. Y vosotros, en la raíz de vuestro ser, sois mi imagen.
Soy un Germen, un Brote, una chispa de eternidad dentro de ti y de tu pueblo, dentro de la humanidad y de todo el universo. Por encima de todo, soy Alegría.

Después de estas palabras, la Voz dejó de hablar.
Jeremías había caído de rodillas. Cataratas de luz lo habían tumbado al suelo, dejándolo sumido en adoración y total desconcierto.
Creyó que había muerto, pero algo como un fuego se había encendido en su corazón.
ELOY ROY

sábado, 5 de marzo de 2011

DIOS ES ÁRABE TAMBIÉN


Por más que la Biblia proclame a Dios como un Dios “lleno de ternura, lento para enojarse y siempre amoroso”, muchas de sus páginas lo pintan como un guerrero cruel y vengativo. Tuvo que darse la “revolución copernicana” de Jesús de Nazaret para que Dios guarde sus armas y aparezca definitivamente como el Dios amigo. Pero aún así, no se ha borrado del todo del inconsciente de muchos la imagen del Dios peleador. Enhorabuena. Porque a Dios siempre le ha gustado pelear. Ha peleado mucho en el pasado y sigue peleando hoy más que nunca. Pero no del lado del gordo, del grande o del fuerte, sino del lado del chico, del pequeño, del debilucho. Nunca del lado del opresor, sino del lado del oprimido.

Cuando los esclavos hebreos logran escaparse de las garras del “dios” faraón, o cuando David, el joven pastor de ovejas, derriba al “invencible” Goliat, todos reconocen allí la mano de Dios. Cuando la hermosa Judith seduce y emborracha al gran general Holofernes y luego le corta la cabeza, o cuando Ester se desmaya en presencia del temible “Rey león” para tocarle el corazón y así consigue de él que mande al primer ministro a la horca, nadie duda de dónde esas dos mujeres han sacado su fuerza.

El Dios que vive no está en los cuarteles del Estado Mayor de Mubarak, de Ben Ali, de Gadafi, sino en la Plaza Tahrir del Cairo, en las calles de Túnez, de Trípoli, de Benghazi. Está al lado y en el coraje de los que se alzan contra los generales, coroneles, presidentes y príncipes locos.

Los hay que no creen en Alá ni en la resurrección, porque se les enseñó que Dios no se mete en política, y menos aún en revoluciones. Se les enseñó que Dios es indiferente a ciertas realidades y bendice a todos, tanto a los dictadores como a sus víctimas. Se les enseñó que en situaciones en las que se juega la vida o la muerte de pueblos enteros, Dios es neutral. Que Dios no está con los que gritan y rompen vidrios.

La Biblia fue escrita para convencernos de lo contrario. Dios está del lado de la mujer que da a luz y del niño que le desgarra el vientre para nacer. Está del lado de la vida y de la libertad. Esto se llama amor. Esto es Dios.

¿Dios gana siempre? Ojalá que sí, pero no. A veces termina en una cruz. Pero tarde o temprano resucita.

martes, 25 de mayo de 2010

LA VIDA





Ningún ser humano apresa la vida. Es la vida la que lo apresa a él arrastrándolo a una carrera desenfrenada en la que el pasado ya no existe, el presente huye como un relámpago y el futuro pronto vuelve a su vez a ser pasado.

Nada puede detener la fuerza de la vida. Nada puede ponerle límites. Ella terminará con todas las barreras que le han erigido nuestros miedos, nuestra ignorancia, nuestras inercias y nuestras sedes de poseer, de dominar y de controlar. Los controles amurallados levantados por las razas, las naciones, las religiones, las lenguas, las culturas, las ideologías y los imperios serán arrasados por la gran corriente. O no habrá más que una humanidad liberada y reconciliada, o no quedará nada de ella.

Vivir es dejarse llevar para adelante por esta poderosa correntada. No es instalarse en un fugaz instante presente, sino pensar y actuar como si el mundo estuviera por terminarse mañana. Tener la audacia de la plenitud. Tener la desenvoltura de optar por un vivir en humanidad sin barreras, sin murallas, sin límites, con la convicción de que, de todos modos, no hay nada que perder. Es dejarse atrapar por la visión de una humanidad que triunfa sobre todas sus tumbas, aunque todo parezca ser lo contrario.

O dicho de otra manera, vivir es verse, no como una semilla en descomposición, sino como un árbol en pleno proceso de ser.

¿Dios? Es la potencia de esa correntada.

Mientras no integremos esta visión, estaremos ausentes de nosotros mismos.

Estar ausentes de nosotros mismos, nos hace mucho mal y nos lleva también a hacer grandes estragos.

viernes, 23 de abril de 2010

EL ARROYO



Un arroyo lloraba.

- ¿Por qué lloras? le pregunté.

- Porque soy huérfano

- No eres huérfano, tienes un manantial.

- Todos me dicen que tengo un manantial, pero yo no lo veo.

- Si naciste, un día, es porque tuviste un manantial.

- Puede ser, pero eso fue en el pasado, ya no es así.

- Así fue y así es todavía. Uno nace en cada instante. Tu manantial no te abandona nunca, si no dejarías de existir.

- ¿Cómo sabes?...

- No tengo necesidad de verlo para saber que tu manantial existe y te da la vida en cada momento, me basta con verte.

Al Dios que no se deja ver, la Biblia lo llama Manantial. De ese Manantial brota un arroyo que es su pueblo. El arroyo crecerá, se convertirá en río, y luego será mar.

Pero hay arroyos y ríos que se secan, y pueblos que nunca salen adelante. El pueblo de Dios es uno de ellos. Volviéndose hacia Dios llorando, el profeta Jeremías le pregunta por qué. Y Dios, con el dolor y la ternura de una madre, le responde: “Mi pueblo me ha abandonado a mí, que soy manantial de aguas vivas, y se ha cavado pozos, pozos agrietados que no retendrán el agua…” (Jeremias 2, 13).

Pozos agrietados…

sábado, 27 de marzo de 2010

DIOS Y EL ATEÍSMO



El ateísmo es probablemente una gracia de Dios y quizás la gran Noche fuera de la cual las estrellas no se pueden contemplar. Puede ser que sea, simplemente, la hora de las tinieblas que prepara el alba de una nueva luz. Porque si hay algo en que todos los grandes místicos, cristianos o de otras religiones, caen de acuerdo es en esto: El que es Todo sólo en la Nada se da a conocer.


No es casualidad que el Evangelio insista en que es preciso dejarlo todo para seguir a Jesús y perderlo todo para encontrarlo. Y es por eso, sin duda, que a sus discípulos que buscan retenerlo, él mismo les dice: “Es mejor para ustedes que yo me vaya” (Jn 16,7).


Los discípulos tienen que atravesar la noche de la cruz y enterrar a Jesús para que despunte en ellos la conciencia de que ha comenzado para él un nuevo modo de estar en medio de ellos. De igual manera, los conceptos sobre Dios, las visiones mentales y formas exteriores que nos hemos fabricado del mundo "de arriba" deben desaparecer para que aparezca dentro de nuestro ser una visión más verdadera, más sólida, más cercana de Aquel que lo trasciende todo… Así como el alimento deja que su apariencia exterior se desintegre y se disuelva en el cuerpo para ser absorbido y convertido en energía, del mismo modo las imágenes y los dogmas que nos hemos formado acerca de Dios, por muy valiosos que sean, deben triturarse, extinguirse y morir, para convertirse en alimento interior, en luz transformadora y vivificadora.


El ateísmo es necesario, o por lo menos inevitable. En todo caso es una oportunidad para que los creyentes y la Iglesia se limpien de todo aquello que les impide acoger una dimensión nueva de la revelación. Dios tiene necesidad de liberarse de lo que hasta ahora hemos descubierto de Él/Ella para volver al mundo con la luz de un nuevo día.


El ateísmo no es realmente lo contrario de la fe, sino el fin de una fe que no puede llegar a más…


Pensar así ¿es realmente injuriar a Dios? La injuria sería más bien no creer que Dios es también el creador de la noche… y que de la nada Él sigue haciendo grandes cosas.


La Ascensión de Jesús a los cielos marca el fin de una fe y el comienzo de una nueva manera de creer. Entre ambas: una gran nube…, luminosa quizás para el corazón, pero siempre impenetrable para los ojos y la razón.


Estamos pasando a una nueva forma de conocimiento.